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Virtualidad, una ilusión en sectores vulnerables

Entre las familias más pobres, sólo 1 de cada 10 chicos tuvo clases a través de plataformas de internet. Los directores confeccionan cuadernillos y compran o alquilan fotocopiadoras.

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En las escuelas de la periferia de la ciudad o del interior de Córdoba, la virtualidad es una ilusión que se compensa con cuadernillos de papel o se expande en el contacto a través del WhatsApp en celulares, con poca capacidad de almacenamiento para descargar archivos.

El papel, ese soporte que desaparece cada vez más de los ámbitos de la administración pública y privada, es el sostén de las escuelas estatales en la educación remota.

Las maestras y profesores secundarios explican que arman sus propuestas escolares para imprimir y entregar a los alumnos, con la esperanza de una respuesta por parte de los estudiantes, a través de una foto o del cuadernillo completado a mano.

Las copias las suelen costear los maestros o las escuelas que, en algunos casos, han comprado impresoras (a través de donaciones) o alquilado máquinas para elaborar los cuadernillos adaptados a las necesidades de sus alumnos.

Desde 2020, el Ministerio de Educación de la Nación envía sus propuestas en papel (Seguimos Educando), pero los docentes deben ajustarlos a la realidad cordobesa. La Provincia no realiza materiales impresos, sólo sube contenidos digitales a la plataforma Tu Escuela en Casa, para descargar o navegar sin necesidad de datos móviles.

La realidad es que en las zonas más pobres del país, solo uno de cada 10 niños tuvo en 2020 la oportunidad de clases a través de plataformas digitales.

El dato surge del último informe sobre la pobreza en Argentina del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (Odsa) y Cáritas Argentina.

El documento, difundido días atrás, revela que durante el año pasado solo el 29,8% de los chicos y las chicas argentinas tuvo educación virtual a través de plataformas. En el estudio se advierte la enorme brecha social: en el sector bajo marginal el porcentaje de acceso fue de 11,7% mientras que en el alto, de 72%.

LLEGAR A TODOS
 
Un recorrido por escuelas estatales ubicadas en sectores empobrecidos de la Capital muestra una cara común: la estrategia de los docentes es sostener la escolaridad con material impreso. Los viejos cuadernillos aparecen como la única garantía para llegar a todos los chicos. Es la alternativa más accesible.

“No hay virtualidad, hay trabajo a distancia”, remarca, en este sentido, Carina Garay, directora de la escuela primaria provincial Ricardo Nassif de barrio Argüello Norte.

La imposibilidad de sostener la virtualidad en muchos hogares por la falta de conexión a Internet y el acceso a dispositivos tecnológicos, obligó al Ministerio de Educación de la provincia de Córdoba este año a cambiar, en sus comunicaciones oficiales, el término “educación virtual” por el de “educación alternada”. La expresión alude al sistema de burbujas que, antes de las restricciones, permitía que las alumnas y los alumnos asistieran a las aulas una semana presencial y otra, remota.

“Estamos entregando cuadernillos que hacemos nosotros. El año pasado nos ayudaron un montón los de Nación, pero nos costaba mucho contextualizarlos y que fueran significativos para los chicos”, explica Garay.

Para garantizar la entrega del material impreso, la escuela Nassif adquirió una fotocopiadora con fondos donados por el sector privado.

“Los docentes compramos las hojas y estamos realizando nuestros propios cuadernillos. El trabajo virtual sigue siendo por los grupos de WhatsApp, aunque cada día hay menos conectividad”, remarca la directora.

En este establecimiento, los viernes imprimen los cuadernillos y los entregan personalmente, con la ayuda de las empleadas de limpieza y los agentes policiales.

“Más que virtual, es un trabajo a distancia, con intervenciones docentes. Los chicos que pueden, se conectan por WhatsApp”, subraya Garay.

La matrícula de la Ricardo Nassif es de 320 alumnos. Cuando funcionaban, las burbujas estaban formadas por 100 chicos, pero asistían entre 30 y 40. Excepcionalmente, concurrían seis de cada 10 estudiantes.

“La presencialidad era poca y la virtualidad cuesta mucho porque no se conectan. No hay virtualidad, hay trabajo a distancia”, subraya Garay.

RECURSOS LIMITADOS
La articulación de la escuela con la comunidad es fundamental en los sectores donde la conexión virtual es casi nula. Los docentes y las familias sin dispositivos tecnológicos adecuados suelen armar redes, pero aún así muchos chicos quedan afuera

Mariana Páez, vicedirectora y maestra de escuela Javier Lazcano Colodrero de barrio Argüello, explica que trabajan con una comunidad en un contexto de enorme vulnerabilidad.

“No hay celulares buenos y hay familias que ni siquiera tienen celular. Computadoras, ni hablar. No hay nada. El recurso más valioso es en el formato papel”, explica.

La institución también trabajó durante 2020 con los cuadernillos de Nación y con impresiones que las maestras preparaban y pagaban de sus bolsillos hasta casi finalizar el año, momento en el que alquilaron una fotocopiadora para la escuela.

“Este año insistí mucho en que viéramos dónde estaban parados los chicos, que se hicieran buenos diagnósticos. El año pasado nos faltó conocer a los chicos”, explica Páez, en relación al cierre de escuelas en marzo, a pocos días de iniciado el ciclo lectivo, que impidió que docentes y alumnos se conocieran en persona.

Páez cuenta que a principios de año, en el regreso a la presencialidad, se encontraron con grados heterogéneos, con extremos. Esto incluía chicos que no sabían leer ni escribir y otros, más avanzados.

“En este momento hacemos cuadernillos, los entregamos y los chicos los devuelven hechos”, remarca la directora. Al igual que en la mayoría de las escuelas estatales de distintos niveles, algunos alumnos mandan fotos de la tarea diaria. Pero no todos pueden o lo hacen.

Cada día las maestras envían mensajes y actividades en los grupos de WhatsApp. “Las docentes insisten mucho por mensajes privados. Ya me conozco los vecinos de cada alumno y les pido, por favor, que se comuniquen con las familias. Doy una vuelta por los barrios para ver a los que no vinieron a buscar el material o para saber cómo están viviendo este momento”, cuenta Páez.

Para la vicedirectora, la pandemia está teniendo un enorme impacto en la educación. Se estima que cuatro de cada diez alumnos en Córdoba no tienen acceso a internet y la mitad no cuenta con computadora. Además, al menos tres de cada diez chicos se había desconectado de la escuela en noviembre de 2020, según una encuesta de la Defensoría de los Derechos del Niño, Niña y Adolescente.

No hay datos 2021 y el Ministerio de Educación informó que no tiene disponible la cantidad de estudiantes matriculados el año pasado ni el actual.

“Hemos descubierto que la presencialidad es fundamental para los chicos. Entendemos la situación de pandemia, pero vemos cuánta falta hace la escuela. Esto profundiza la brecha de la desigualdad, el derecho al acceso a la educación. Si la educación es virtual tiene que haber wifi gratuito en una plaza, en una capilla, en un club, donde los chicos en algún momento del día puedan ir a conectarse”, concluye Páez.

UN ESPACIO PÚBLICO INSUSTITUIBLE
La realidad suele desconcertar a los teóricos que observan los objetos de estudio desde hipótesis basadas en supuestos ideales.

A esta altura del desarrollo de la pandemia, y de la consecuente educación virtual, hoy es “noticia” la manera rudimentaria en la que deben desarrollar sus prácticas algunos docentes y profesores de escuelas de zonas empobrecidas.

Ya existe cierto consenso, basado en evidencias, de que la educación virtual o “la escuela en casa” es un derecho de una parte de la sociedad, con recursos suficientes para afrontarla.

La otra porción de la población transita la virtualidad solo como una “educación a distancia”, geográficamente limitada a las posibilidades socioeconómicas, culturales y de alfabetización.

Hay un espacio difuso, un límite lábil entre ambos escenarios, donde se ensayan estrategias para no profundizar el abismo.

La escuela estatal sigue siendo el único espacio público que transitan muchos niños y familias. Es allí donde los alumnos aprenden, pero también es el lugar al que concurren los padres (en especial, las madres) cuando necesitan asesoramiento, consuelo, orientación para un trámite, para una denuncia de violencia familiar o para cualquier otra cosa.

Las maestras conocen la realidad de sus territorios, a distancias siderales de ciertos enunciados teóricos.

En esos ámbitos, aún en el siglo 21, renace la tarea artesanal de confeccionar compendios de contenidos en el antiguo soporte papel para acercar, al menos un poco, el aula a los hogares.

Es el papel –tangible, democrático y sensible– el que lleva y trae tareas. O, a veces, solo las lleva a los hogares, con la ilusión de sostener un vínculo amoroso hasta que pase el temporal.

Fuente: La Voz

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