El veterinario de los animales “no convencionales”

Sociedad 09 de noviembre de 2019
A su consultorio en Anisacate no sólo llegan perros y gatos. Asiste a las más raras especies y tiene vocación por la conservación de todas.
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El veterinario de los animales “no convencionales”

Esa tarde de octubre, el veterinario Pablo Bizzari (36) recibió un llamado singular: una tortuga de agua se encontraba con su caparazón destrozado. La fundación proteccionista Adma la llevó a su consultorio: imaginaron que no habría otro sitio al cual acudir.

Pablo decidió realizarle una operación que demandó tres horas y media para salvarle la vida. A las dos semanas, la tortuga fue dada de alta.

Bizzari alimenta su pasión por atender lo que él denomina “animales no convencionales”.

Un loro al que le daban asado, un zorrito atropellado, un jote con el ala rota, son sólo algunos de los muchos casos que le tocaron en los últimos tiempos. Bastante más que atender perros y gatos.

Tanto el zorro como el pájaro eran animales sin dueños que fueron detectados por áreas de Defensa Civil y luego enviados a la Secretaria de Ambiente para resolver su destino adecuado.

Bizzari dedica parte de su formación profesional a la conservación, por lo que explica que debe importar la vida de todas las especies, con especial atención sobre las silvestres (no mascotas).

“Las serpientes son muy buenas controladoras de plagas, de roedores sobre todo. También sirven de alimento para otros animales. Y ciertos tipos son utilizadas para hacer medicamentos”, aclaró.

Bizzari tiene su consultorio en Anisacate, sobre la ruta provincial 5, a 10 kilómetros de Alta Gracia.

Sobre su vocación, explica que viene de una familia de médicos y que le encantan los animales. De esa mezcla, derivó en ser veterinario. Su formación se trasladó entre Carlos Paz, Río Cuarto y diferentes reservas ecológicas en la provincia de Córdoba.

Preservar

“En conservación tenemos varias herramientas. Una es la educación. Cuando vamos a alguna parte, tenemos que entender que nosotros somos uno más. No hay que ser tan egocéntricos, somos parte de un ecosistema. Somos uno más”, destaca.

De cuando colaboraba en una reserva en Los Gigantes, recuerda que les pedía a los visitantes que hicieran silencio, ya que se acercaban a la “casa” de los cóndores. Y suma relatos similares.

Bizzari advierte sobre el impacto humano. “A un loro como mascota le daban asado y gaseosa”, cuenta sobre un caso que debió atender. Corregir eso le demandó un largo trabajo con el dueño y con el loro, ya que el animal se acostumbra.

Otro caso particular fue el de un lorito que se sacaba las plumas. El veterinario sostiene que el ave había perdido a su pareja y sólo vivía con sus dueños. “Entonces, para parecerse al resto de su entorno, es decir, los humanos, se sacaba las plumas. Los loros son animales que viven en comunidades, él llega a una de seres humanos y entonces se cuestiona cómo tener plumas y los otros no”, interpreta.

“Es un trastorno mental ligado al cautiverio de animales. ¿Cómo se soluciona eso? Poniéndole juguetes, sacándoselos, que no tenga una rutina”, precisa respecto de cómo resolvieron ese problema. “A nosotros también nos pasa, con nuestras rutinas”, ironiza.

“Muchos de los problemas que tienen estos animales, como peces, conejos, cobayos, es el mal manejo que reciben si se los quiere tener de mascotas. Mal manejo en cuanto a alimentación o al hábitat”, específica. Y advierte: humanizarlos no corresponde: son animales.

Al rescate

Para acompañar su idea de un veterinario con perspectiva en conservación, realizó relevamientos en distintas áreas protegidas.

En La Rancherita, por ejemplo, encontró huellas de pecarí, de hurones y de lobitos de río (especie de nutrias) que están en peligro de extinción. Apunta que, por ejemplo, en Pampa de Achala existe un alacrán endémico (que sólo habita en ese lugar) y que si se elimina no se verá nunca más. Allí recuerda que por día se pierden 145 especies de animales en el mundo.

Su último rescate fue el de esa tortuga que habitaba el lago del Tajamar de Alta Gracia. Había llegado con el caparazón destrozado. Se sospecha que producto de un golpe fuerte. “El caparazón es parte de su piel, son reptiles, son escamas que sirven de protección; muchas veces la gente piensa que no son sensibles y las golpean”, explica.

Sobre ese caso, valora que ayudó que la gente se movilice para salvar la tortuga. Como un derecho del animal.

Fuente: Corresponsalía La Voz, María Luz Cortez

 

 

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