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“Si uno se hace querer y cocina con amor, los chicos no te rechazan ninguna comida"

Estela Domínguez, una de las cocineras más antiguas de las escuelas de Potrero de Garay, cuenta su historia de vida; y resalta el vínculo que se crea con los alumnos; un vínculo que es, según afirma, "para toda la vida".

Sociedad 02 de septiembre de 2018
Estela

Todos la identifican como “Estelita”, la cocinera que no sólo hace buenos locros, sino que también conoce a casi todos en Potrero de Garay y zonas aledañas. Es que tiene más de 30 años en la cocina de varios colegios “vi pasar a tantos chicos...ellos me dieron tanto”, asegura. Trabajó en la escuela primaria y secundaria; de todos guarda algún recuerdo o anécdota especial que relata entre frase y frase: “Me iba los domingos a la tarde a caballo con los chicos y volvíamos el viernes”, cuenta sobre sus inicios en el mundo de la cocina, viaje de una hora y media que hacía desde Potrero de Garay hasta Paso de la Pampa con sus hijos de 2, 5 y 7 años. Hoy, ya está jubilada, tiene 11 nietos y 2 bisnietos; aunque el cartelito de “Vendo locro” en la puerta de su casa en todas las fechas patrias, sigue siendo un distintivo que la caracteriza.

¿Cuánto hace que comenzaste con la profesión?
Alrededor de 35 años. Los primeros cinco fueron sin sueldo, arranqué casi sin querer, después me nombraron y empecé a trabajar con sueldo.

¿La cocina es una pasión para vos o fue la solución a una necesidad?
No era una pasión, era lo que se podía hacer en ese momento, y lo hice. Lógicamente después comencé a quererlo; no sólo al hecho de cocinar sino todo lo que eso implicaba: los compañeros, los chicos, el colegio...

¿Cuál fue el primer lugar en el que trabajaste?
En una escuela rural en Paso de la Pampa. Nos íbamos a caballos con mis hijos los domingos a la tarde y volvíamos los viernes. Allá nos prestaban una casita, así que pasábamos toda la semana ahí. Había que buscar agua en el arroyo para hacer la comida, los alumnos no dejaban que yo fuera, me sacaban los baldes y ellos iban. Me contaron que en protesta, cuando me fui, le tiraban piedritas a la otra cocinera en el agua cuando volvía (risas). Luego me fui a Villas Ciudad de América, ahí me iba y volvía caminando desde Potrero.

Mucho sacrificio... ¿Faltaste alguna vez?
Nunca.

¿Por qué?
Porque si yo tengo un compromiso, lo cumplo sea como sea. Me tocó ir varias veces bajo la lluvia, el frío, con mucho calor, etc..

¿Tu familia te apoyaba en ésto?
Si, aunque me tocó una vida complicada...un marido difícil. Fuera del colegio trabajaba en un club o en donde surgiera los sábados y domingos. Es decir, trabajaba de lunes a lunes para poder darle a los chicos lo que necesitaban. Vengo de una familia muy humilde, no terminé el primario porque me mandaron a trabajar para ayudar a la familia. Vivíamos a una hora y media más arriba de Paso de la Pampa, para el lado de las sierras.

¿A qué edad comenzaste a trabajar?
A los 11 años me mandaron con una familia a Buenos Aires, en San Isidro. Ayudaba en la casa y ellos me mandaban a estudiar. Estuve dos años. Después me trajeron y me fui a trabajar a Córdoba de niñera. Tenía 15 años cuando falleció mi mamá. Mi primer hijo lo tuve a los 18 años, y luego me casé, pero mi vida de casada tampoco fue fácil, estoy separada desde hace muchos años. Gracias a Dios desde la comuna me ayudaron siempre; ellos me ayudaban a pagar el boleto a los chicos cuando iban al secundario, por ejemplo. Tanto ellos como mucha otra gente me ayudó a lo largo de mi vida...

Debe ser que veían que eras buena gente...
Quizás. Les estoy muy agradecida a todos.

Es decir que la cocina fue lo que tocó en ese momento, no fue una elección de vida..
Si, tocó la cocina y aprendí a quererla muchísimo.

¿Y cómo hacías con el tema de las proporciones, cantidades, etc?
Al principio enviaban el dinero y uno organizaba el menú. Después enviaban el menú y los gramos por chico.

Hablamos de gramos, cantidades, pero la cocina en el colegio es mucho más que eso para los alumnos ¿no?
Claro que si. Si uno se hace querer con los chicos y cocina con amor, ellos no te van a rechazar ninguna comida.

¿Esa es la receta para que los niños coman entonces?
Si, es así...el amor que uno le pone y que ellos reciben hace que coman todo lo que uno les da. Cuando me jubilé, 6° año, por ejemplo, por un par de meses no comió en la escuela porque no querían la chica que había quedado en mi lugar. Yo los hablé, les dije que prueben, que ya no volvía y no debían castigar a la persona que me reemplazaba en ese momento. Después se hizo una jornada y los alumnos me invitaron, me hicieron pasar un día inolvidable. Esos chicos ya me conocían porque yo cocinaba para sus papás. Todo fue de generación en generación. Vi pasar a varias generaciones entre las ollas del colegio.

Es decir que de Paso de la Pampa fuiste a Villas Ciudad de América, y luego te quedaste definitivamente en Potrero ¿Es así?
Claro, de Villas Ciudad de América me vine a la escuela primaria Alfonsina Storni, y ahí me quedé hasta que inauguraron la escuela secundaria; En el Ipem estuve hasta el 2013 aproximadamente, momento en que me jubilé.

¿Te quedan lindos recuerdos?
Extrañé muchísimo...la gente, los alumnos, todo el cariño que me dieron todos estos años. Cuando dejé de cocinar me dio como un shock nervioso, estuve bastante tiempo con psicólogos. Extrañaba la rutina de irme todos los días a las seis de la mañana y encontrarme con el ambiente escolar. Muchas veces venían a la cocina a decirme que tenían una prueba y estaban nerviosos, a contarme cosas o a pedirme consejos. Se crea un vínculo especial con los chicos, muy especial y eso se extraña muchísimo. A veces ando por la calle, me saludan hombres o mujeres y charlando con ellos me dicen que eran los alumnos que casi no reconozco después de tantos años. El vínculo persiste a pesar del tiempo.

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